La geopolítica y la tecnología están cambiando la cara del sector bancario

Fue una de esas noticias que, de cuando en cuando, dan para titulares en varias secciones y en varios tipos de medios. Bizum había llegado a las tiendas. La compañía lanzó este mayo Bizum Pay y, aunque en este primer momento solo se podía usar como medio de pago conectado a dos bancos, la historia adquirió casi tonos de viralidad. “Está generando mucho interés entre las personas usuarias y en los comercios, estos últimos incluso están hablando con sus entidades para poder activar el pago con Bizum”, confirma por correo Martín Azcue, director de Desarrollo de Negocio de Bizum, que señala que el proceso está “yendo según la hoja de ruta marcada”. Los bancos adheridos, indica, “han iniciado la extensión progresiva del pago presencial de Bizum, a través de NFC y de cuenta a cuenta, tanto para particulares como para comercios”. La funcionalidad irá aumentando a lo largo de los meses y, para cierre de año, la mayoría de sus clientes podrán pagar en comercios usando Bizum Pay.

Pero ¿por qué de pronto parecía que todo el mundo estaba obsesionándose con una forma de pago y una aplicación tecnológica? El entusiasmo, responde desde Bizum, viene de que son una marca conocida y con experiencia, respaldada por la banca. “La recepción ha sido muy positiva, lo que nos tomamos como una responsabilidad para seguir trabajando en dar ofrecer la mejor solución posible”, señala Azcue.

Desde fuera, este momento de estrellato podría tener unas cuentas lecturas posibles, muchas de ellas vinculadas con cómo la geopolítica y la tendencia emergente a la soberanía digital (ese término que está también de rabiosa actualidad en TI) hacen que se vean las cosas.

Soberanía en los pagos

“Creo que el hype que se ha generado con Bizum Pay no está muy bien acompasado”, explica por videollamada Tomás Golding, responsable de banca en VASS. “Bizum empezó hace ya tiempo, como un mecanismo de pagos peer-to-peer”, indica. “Ahora, metemos en la ecuación el pago dentro del comercio”. La fiebre primaveral que ha generado ayuda a “generar un awareness de marca”, apunta el experto, pero Golding cree que ese boom no ha ido “acompasado con el momento del mercado y a lo preparadas que están las infraestructuras y, sobre todo, los sistemas de los comercios”.

Esta es, simplemente, una alternativa más, apunta, pero una que ofrece resiliencia operativa, en un momento en el que “Europa, y específicamente España, se plantea reducir de los esquemas de pago internacionales de alguna manera”. El 61% de todos los pagos que se realizan con tarjeta en la Eurozona se hacen con Visa y Mastercard, empresas estadounidenses, que asumen además prácticamente la totalidad de las operaciones transfronterizas. Estas compañías deben cumplir las leyes de EEUU, lo que puede tener consecuencias en Europa. El apagón tecnológico en el que están sumidos los miembros del Tribunal de La Haya sancionados por la administración Trump es una muestra de lo que podría pasar si los intereses de EEUU chocan con los europeos.

En estos últimos años, Europa ha empezado a priorizar la soberanía digital (justo, la Comisión acaba de presentar su Paquete de Soberanía Tecnológica) y los pagos son uno de los retos a gestionar. Lo saben los organismos públicos y también la industria de la banca y los pagos. Este es, así, un contexto en el que cualquier novedad europea, como el propio Bizum Pay, tiene un terreno abonado para despertar interés. La propia Bizum, de hecho, permite ya hacer pagos a Italia o Portugal (o recibirlos) y trabaja para cerrar acuerdos con compañías de Polonia y países nórdicos. El objetivo final del mercado es conseguir soluciones propias, interoperables y que reduzcan la dependencia de actores de fuera del continente.

 “El concepto soberanía y resiliencia van muy de la mano porque sabemos que las infraestructuras de pagos son críticas para los estados centrales y para los países”, señala Golding. Este experto recuerda que el reglamento Dora ya habla de estas cuestiones. No es, así, un término del todo nuevo. Aunque, como suma Rubén Andrés, CIO de Singular Bank, “el concepto de soberanía digital ha evolucionado mucho en muy poco tiempo”. “Hace unos años hablábamos principalmente de eficiencia tecnológica. Hoy hablamos también de resiliencia, control del dato, capacidad operativa y autonomía estratégica”. Lo ocurrido en los últimos años han acelerado las cosas y la IA ha hecho que estos temas sean aún más prioritarios en la agenda.

Esta es, así, una cuestión con muchas facetas y en la que la tecnología tendrá (o, mejor dicho, tiene ya) un papel fundamental. Como apunta Andrés, “la banca europea depende todavía en muchos ámbitos de infraestructuras globales críticas”. “La clave no está en aislarse, sino en construir plataformas resilientes capaces de integrarse con distintos ecosistemas sin perder control, trazabilidad ni capacidad de decisión mientras garantizan la continuidad con la redundancia oportuna”, asegura.

La industria trabaja en seguridad, en protección, en crear infraestructuras robustas, algo que impacta en cómo se estructura su infraestructura TI. Andrés habla de “una evolución clara hacia modelos híbridos: aprovechar capacidades globales, pero construyendo capas propias de inteligencia, gobierno e interoperabilidad”.

Rubén Andrés, director general de Tecnología y Operaciones de Singular Bank.

Rubén Andrés, director general de Tecnología y Operaciones de Singular Bank.

Singular Bank

Rubén Andrés (Singular Bank) subraya que “el euro digital representa mucho más que un nuevo medio de pago: es uno de los primeros grandes movimientos hacia una infraestructura financiera europea nativamente digital, interoperable y preparada para una interacción financiera más automatizada e inteligente”

Qué es el euro digital

En esas capas propias podrían entrar también las nuevas propuestas. La Unión Europea trabaja para lanzar el euro digital y, aunque el proyecto cuenta con alguna oposición tanto política como de la industria, su lanzamiento cambiará de nuevo el panorama.

“El euro digital es dinero del Banco Central, pero en formato digital”, explica Golding. “En los tecnicismos, lo llamamos CBDC, Central Bank Digital Currency. Dicho de forma sencilla, es el equivalente a un billete, pero pensado en un mundo más móvil”. En lugar de emitir billetes físicos (e imprimirlos), se crean billetes digitales. “Tendrá un valor uno a uno”, indica el experto. El euro digital no es, por tanto, ni una criptomoneda ni una moneda totalmente nueva. Es el euro de siempre en otro formato. La distribución la harán los mismos bancos comerciales que ahora guardan nuestro dinero y se guardarán en alguna app o wallet.

Y tampoco es una idea exactamente nueva: como apunta el experto, se empezó a hablar de ello en 2023, aunque no fue en 2025 cuando se pasó a la primera fase preparatoria. “En enero de este año se publicaron los objetivos y todo el calendario del proceso de proveedores piloto”. Si todo sigue lo previsto, el euro digital llegará en 2029.

La caída del uso de dinero físico en la zona euro y el crecimiento de uso de pasarelas digitales explican el interés por lanzar un formato digital, pero no solo. Como apunta el experto de Vass, también tiene un matiz de qué dinero empleamos. “El efectivo es, hoy, la única forma de dinero público que tiene en la mano el ciudadano. Todo lo demás es dinero privado, o que circula por redes privadas”. A medida que se reduce el efectivo se reduce también la presencia de dinero público y, con ello, “se debilita el ancla de confianza que aporta un banco central a todo el sistema”.

Por ello, sumando todo esto a la necesidad de reducir la dependencia de redes pagos no europeas, el euro digital emerge como potencial herramienta. Algo que encaja, además, con una tendencia que va más allá de Europa. “Es un movimiento reactivo que muchos países ya se están planteando”, apunta Golding.

“El euro digital representa mucho más que un nuevo medio de pago”, señala Andrés. “Es probablemente uno de los primeros grandes movimientos hacia una infraestructura financiera europea nativamente digital, interoperable y preparada para un mundo donde la interacción financiera será cada vez más automatizada e inteligente”, explica.

Tomás Golding, responsable de banca en VASS

VASS

Tomás Golding (VASS) explica que la incorporación de herramientas como el euro digital no solo implica una transformación tecnológica, sino una adaptación a más niveles, por ejemplo, contables

Una escalada de cambios TI

En paralelo, el euro digital encaja en un proceso que va más allá, que tiene un impacto más estructural y que, a su vez, cambiará las cosas a nivel TI. “La llegada del euro digital, la IA generativa y los modelos agentic están impulsando un cambio de paradigma tecnológico”, asegura Andrés. El CIO apunta que “el verdadero cambio no estará únicamente en la moneda, sino en cómo evolucionará la intermediación financiera”. Por ejemplo, en el futuro no tan lejano podríamos usar agentes inteligentes para que gestionasen nuestras cuentas y eso obligará a nuestros bancos a reajustar bastantes cosas.

 “Eso obliga a repensar completamente la arquitectura tecnológica de las entidades”, asegura Andrés. “Ya no hablamos únicamente de canales digitales, sino de ecosistemas interoperables preparados para convivir con agentes autónomos, modelos de IA y procesos financieros en tiempo real que liberen tiempo para el trato humano”, destaca. En su banco, ya trabajan “desarrollando capacidades de arquitectura agentic e inteligencia contextual alrededor de iniciativas como Singularity”, un asistente desarrollado sobre Open AI.

La transformación digital de la industria bancaria se acelerará, apunta este directivo, pero también tendrá que ser ambiciosa. No va ya de crear canales digitales friendly o arquitecturas robustas (que también), sino de mejorar la interoperabilidad, la respuesta en tiempo real o la respuesta a agentes. “El reto ya no es únicamente mejorar la experiencia cliente. El gran desafío será construir experiencias inteligentes de extremo a extremo”.

En conclusión, el reto al que se enfrenta la industria es complejo. Como explica Golding, la incorporación de herramientas como el euro digital no se trata solo de una transformación tecnológica, sino una adaptación a más niveles (por ejemplo, contables). “El Banco Central Europeo habla de que esta primera fase inicial podría suponer una inversión de unos 1300 millones de euros”, apunta. “El sector bancario tiene unas estimaciones más altas”. Hacer que todo lo nuevo que está apareciendo sea interoperable podría requerir una inversión de entre 18.000 y 30.000 millones de euros en toda la UE, según cifras que comparte Golding. “En sentido estricto, hay que modernizar todos los sistemas subyacentes y con los que los bancos llevan trabajando 60, 70 o más años, el legacy”, apunta, y suma la inversión en nuevos sistemas de identidad o antifraude, más refuerzo de ciberseguridad y gasto en integración. ¿Podrán todos los bancos afrontar una inversión tan elevada? Esa es la gran cuestión.

Pero, además, la industria está en un momento en el que pivotar y digitalizarse es fundamental. “El reto de la modernización es una necesidad”, asegura Golding. Lo requiere el regulador, pero también el flujo del mercado. 

Si se le pregunta a la banca por los retos TI, la respuesta también es clara. “El principal reto tecnológico de la banca ya no es digitalizar procesos. Es construir organizaciones capaces de adaptarse continuamente a un entorno donde la tecnología evoluciona más rápido que nunca”, asegura Andrés. Esto obliga a hacer una transformación cultural, “porque el cambio no es solo tecnológico; es organizativo y humano”, y a comprender que “la tecnología del futuro será cada vez más invisible”. “Lo diferencial será cómo utilizamos esa tecnología para generar confianza, contexto y experiencias relevantes”, augura.